"Los principios son la base de la diversión", decía el bailarín y coreógrafo Mikhail Baryshnikov. Y aunque en esencia apelaba al arte del movimiento, sus palabras se imprimen en la vida misma, comprender cómo funciona el cuerpo y mantenerlo en movimiento puede marcar la diferencia entre una vejez activa y una llena de limitaciones autoimpuestas.
Con el devenir de los treintas, las dolencias y sus molestias, muchas personas restringen sus hábitos de actividad física. Una tendencia que si se mantiene, puede desembocar en lo que especialistas denominan "discapacidad aprendida". Condición en la que la pérdida de funciones físicas no responde a un deterioro real, sino a la falta de uso y a creencias erróneas sobre el envejecimiento.
Oscar Oswaldo Ortega Berlanga, médico especialista en geriatría del Hospital Central, advirtió que esta limitación muchas veces se ve reforzada desde el núcleo familiar. “Si yo a mi adulto mayor le digo ‘no hagas esto’, lo voy a estar limitando y caemos en el desuso”, explicó. Es decir, al evitar que una persona mayor realice ciertas actividades, se acelera el deterioro físico de forma innecesaria: pérdidas en la elasticidad, fuerza, resistencia y capacidad cardiovascular.
“Van a empezar a discapacitarse de forma aprendida”, agregó.
Tras las puertas del consultorio, el titular priorizó que la indicación médica debe ser activa, personalizada e interseccional con otras especialidades -como la fisioterapia-, para así, potenciar las habilidades del paciente. Motivo por el que un equilibrio es clave, lejos de los extremos de la sobreprotección o el abandono.
“Hay que seguir el consejo médico, tener una evaluación de las capacidades funcionales y mentales... Muchas veces llegan a la consulta y quieren que el mismo médico le diga al paciente que no se mueva”.
Además del ejercicio, el entorno del hogar también puede facilitar o entorpecer la movilidad. Por ejemplo, una casa con escalones que en la práctica, son barreras para su seguridad o comodidad. Por lo que recomendó hacer ajustes desde la visión del trabajador social para fomentar un ambiente más accesible y funcional.
Combatir la discapacidad aprendida implica entonces una nueva forma de ver el envejecimiento. No como un proceso de pérdida inevitable, sino como una etapa que puede vivirse con plenitud, si se cultivan hábitos saludables, se mantiene la actividad física y se eliminan los mitos que frenan el movimiento.