Mientras la Universidad Autónoma de San Luis Potosí enfrenta tensiones internas, cuestionamientos públicos, exigencias de transparencia y la necesidad urgente de rendir cuentas claras sobre el uso del presupuesto, su rector, Alejandro Zermeño Guerra, parece tener
prioridades muy distintas a las que demanda una institución de este tamaño y relevancia. En los pasillos universitarios, la inconformidad
crece, y entre estudiantes, docentes y trabajadores se repite una misma pregunta: ¿por qué el rector está más presente en restaurantes que atendiendo los asuntos que verdaderamente requieren su liderazgo?
No es un secreto que, en días recientes, Zermeño ha aparecido en diversos puntos de convivencia social muchos de ellos restaurantes de alto perfil— mientras en la UASLP se acumulan pendiente fundamentales. La invitación con el Congreso del Estado, por ejemplo, dejó ver una reticencia evidente a acudir a la sede legislativa, pese a tratarse de un asunto institucional que involucra recursos públicos y responsabilidades administrativas. Esa resistencia contrastó con la disposición, mucho más ágil, para reuniones en espacios ajenos a lo académico y lo administrativo.
La universidad atraviesa un momento crucial: revisiones presupuestales, cuestionamientos sobre salarios de funcionarios de
alto nivel, exigencias de transparencia, pendientes en infraestructura, demandas estudiantiles y una comunidad que espera que
el rector afronte de forma seria los temas que exigen claridad. Pero el gesto más visible de Zermeño ha sido su intento por mover reuniones oficiales a espacios donde él se siente más cómodo. Justo eso ha encendido la percepción de que el rector intenta evadir la rendición de cuentas que le corresponde.
La UASLP, institución histórica, merece una conducción centrada, presente y responsable. No puede darse el lujo de tener un rector más
preocupado por su agenda social que por la institución que encabeza.
La ausencia en los momentos clave no solo abre sospechas, sino que deteriora la confianza de la comunidad universitaria, que observa cómo se aplaza la discusión de temas de gran relevancia para el futuro académico, financiero y administrativo de la universidad.
Alejandro Zermeño puede argumentar ocupaciones múltiples, compromisos, saturación de agenda o malentendidos logísticos; sin embargo, la percepción ya está sembrada: cuando la universidad necesita cabeza y firmeza, él elige otros espacios, otros tiempos y otros entornos.
Y en una institución pública, donde la transparencia no es un gesto opcional sino una obligación, esa actitud no solo decepciona: también agravia. No es menor que docentes, administrativos y estudiantes sigan esperando respuestas concretas mientras el rector aparece en escenarios que poco tienen que ve con resolver los problemas estructurales de la UASLP.
La pregunta queda en el aire, pero cada día con más peso: ¿está el rector dirigiendo la universidad… o administrando una agenda personal que parece más urgente que la propia institución?
Porque si Alejandro Zermeño no está dispuesto a estar al frente, presente y en serio, quizá ha llegado el momento de cuestionar si su liderazgo es realmente el que la UASLP necesita.