Lo que pretendía ser un arranque político en la Huasteca terminó convirtiéndose en una muestra de desorden, confrontación y discursos sin sustento. El tabasqueño Gerardo Zumaya protagonizó un episodio que dejó más dudas que certezas, luego de lanzar acusaciones sin pruebas contra personal de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), asegurando que asistentes a su evento en Ciudad Valles fueron amedrentados, privados de su libertad y amenazados con armas.
Las declaraciones, realizadas durante un acto de su fundación Gesa, no solo carecieron de evidencia, sino que evidenciaron un manejo irresponsable de la información en un contexto delicado. Sin sustentar sus declaraciones Zumaya optó por un discurso incendiario que abonó a la confusión y dejó al descubierto su ignorancia.
Más allá de las acusaciones, lo que llamó la atención fue la actitud del propio empresario, quien, según versiones de asistentes, se mostró fuera de control, dejando ver una postura errática y un evidente desconocimiento del entorno político y social de la región. Este comportamiento no solo debilita su credibilidad, sino que también refleja una preocupante falta de preparación para asumir un papel público.
A este escenario se suma la figura de su operador político, Omar Niño, por farsante, mentiroso, con antecedentes de inconsistencias y señalamientos de manipulación. Su cercanía con Zumaya no hace sino reforzar la percepción de improvisación y falta de seriedad en el proyecto que intenta impulsar.
El fallido arranque en la Huasteca no solo exhibe la fragilidad de su estructura política, sino también una estrategia basada en la confrontación y el señalamiento sin fundamentos.
Zumaya llegó con la intención de posicionarse, pero terminó evidenciando carencias: falta de control, desconocimiento del escenario local y un discurso que privilegia el conflicto sobre las soluciones. En política, los primeros pasos suelen marcar el rumbo, y en este caso, el arranque deja más cuestionamientos que certezas.