Estados Unidos volvió a realizar ataques aéreos contra territorio iraní después de varias semanas de relativa calma. El Comando Central estadounidense informó que sus fuerzas destruyeron dos lanzadores en la isla de Larak, instalaciones que, según Washington, estaban siendo preparadas por miembros de los Guardianes de la Revolución para lanzar proyectiles con minas navales.
El gobierno iraní confirmó el ataque y aseguró que dejó muertos y heridos. Los Guardianes de la Revolución calificaron la operación como una agresión y anticiparon una respuesta contra Estados Unidos, aumentando nuevamente el riesgo de una escalada militar en una región considerada estratégica para el comercio internacional.
La ofensiva ocurre mientras el estrecho de Ormuz permanece en el centro de la disputa. Teherán mantiene bloqueado este corredor marítimo, por el que antes del conflicto circulaba aproximadamente una quinta parte de los hidrocarburos comercializados en el mundo. Washington, por su parte, sostiene un bloqueo sobre puertos iraníes y ha desplegado fuerzas para garantizar la navegación.
El Centcom señaló que recientemente concluyó labores de desminado en rutas internacionales del estrecho y aseguró que sus unidades permanecen preparadas para proteger la circulación marítima. La zona ha registrado enfrentamientos esporádicos pese a la reducción de los bombardeos durante las últimas semanas.
El conflicto comenzó el 28 de febrero con ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán. Aunque posteriormente se alcanzaron acuerdos para detener las hostilidades, las negociaciones fracasaron y los enfrentamientos volvieron a intensificarse durante julio.
Paralelamente, Washington ha incrementado la presión económica sobre Teherán mediante nuevas sanciones dirigidas contra personas, compañías y embarcaciones relacionadas con los ingresos petroleros, la adquisición de armamento y operaciones digitales. China, uno de los principales socios comerciales de Irán, rechazó las medidas y advirtió que defenderá sus intereses.
El nuevo ataque representa un giro respecto a la estrategia estadounidense centrada recientemente en la presión económica y vuelve a colocar la confrontación militar en el centro de la crisis regional.