Cada tercer lunes de enero, conocido popularmente como el Blue Monday o “el día más triste del año”, reaviva el debate sobre la salud mental en un contexto marcado por el fin de las fiestas decembrinas, las deudas y el reinicio de la rutina. A 21 años de que esta efeméride fuera propuesta por el psicólogo británico Cliff Arnall -teoría posteriormente desacreditada por la comunidad científica-, el fenómeno sigue funcionando como el espejo de una realidad contemporánea: la inestabilidad laboral y el encarecimiento del mercado afectan de manera directa el bienestar emocional de los jóvenes.
Aunque el Blue Monday nació de una fórmula que asociaba el clima, las obligaciones financieras y el cierre del ciclo navideño con estados de ánimo negativos, con el tiempo se convirtió en una estrategia de marketing para vender soluciones materiales a la "depresión".
Pero más allá del mito, las cifras oficiales revelan un escenario preocupante, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en diciembre alrededor de 13.7 millones de personas en México no recibieron aguinaldo al encontrarse en la informalidad laboral. De ese total, el 40 por ciento corresponde a jóvenes de entre 15 y 29 años.
Esto último repercute especialmente tras una temporada de altos gastos durante las fiestas decembrinas, donde la falta de ingresos estables y la ansiedad por las compras incide en el estrés financiero a futuro y la salud mental de los sectores más jóvenes.
Tan solo en el último lustro -despues de la pandemia COVID- el país se vio sumergido en un aumento de suicidios. De acuerdo al INEGI, cuatro de cada 10 suicidios registrados involucraron a adolescentes y jóvenes de hasta 29 años con la tasa más alta en la última década.
Asimismo, la incertidumbre económica sumada a la presión social por iniciar el año con estabilidad y metas claras, se convierte en un factor detonante de ansiedad y depresión.
Al respecto, el economista y académico de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), Juan Carlos Ferrer, explicó que existe una tendencia creciente entre profesionistas jóvenes, especialmente de la Generación Z y recién egresados, a buscar una aparente libertad laboral fuera de las estructuras administrativas tradicionales. Esta decisión, señaló, suele implicar renunciar a empleos formales que brindan antigüedad y prestaciones de ley.
"La vida laboral promedio de una persona productiva oscila entre los 30 a 35 años pero actualmente se cae en decisiones que impactan a futuro y que no lo aseguran. Es el clásico "asegúrame la vida", pero más vale estar preparados", advirtió el economista, sobretodo a aquellos estudiantes que se incorporan a la demanda laboral.
Aunque la solución no es inmediata y pese a que no se ha registrado una alerta particular en San Luis Potosí, esto detona la importancia de procurar la salud mental, no solo de forma individual sino a un nivel sistemático.
Lo siguiente a accionar es procurar que las ocupaciones brinden todas las prestaciones laborales, pensiones, afores, garantías de vivienda y atención médica; para un presente y retiro dignos.
Aunque este es el lunes más triste del año en lo simbólico, también se convierte en un recordatorio de los retos estructurales que enfrentan los jóvenes en el país. Donde la precariedad laboral y la falta de seguridad económica continúan impactando su estabilidad emocional y su calidad de vida.